La revolución demográfica.
Durante el siglo XIX tuvo lugar un aumento de la población en algunas zonas del continente europeo. Se pasó de un régimen demográfico antiguo, con altos índices de natalidad y mortalidad, a otro con alta natalidad y baja mortalidad. Las causas de este descenso de la mortalidad fueron debidas la mejora en los niveles de vida, alimentación, higiene y medicina.
El aumento de la productividad en la agricultura permitió un excedente y la disminución de las crisis de subsistencia que traían consigo el hambre y el desabastecimiento de alimentos. La disponibilidad de bienes aumentó, lo que significó mejor alimentación y vestido, más energía para calentarse y viviendas más higiénicas. La esperanza de vida aumentó.
A finales del s. XIX las ciencias biológicas y médicas sentaron las bases de una serie de actuaciones contra las enfermedades infecciosas: consumo de agua y alimentos no contaminados, higiene y destrucción de parásitos, y aislamiento de enfermos. Se crearon servicios médicos y sanitarios, y se establecieron leyes contra la venta de alimentos en mal estado. La erradicación de la peste, el control de la viruela gracias a la vacuna de Jenner y la disminución de la influencia del tifus favorecieron la supervivencia humana. Mejoró la higiene privada, la población se aseaba más y lavaba con más frecuencia las nuevas prendas de algodón.
Este crecimiento de población originó excedentes demográficos que alimentaron flujos migratorios. Los habitantes de los pueblos se dirigieron a las ciudades en busca de trabajo, haciéndolas crecer de forma incontrolada, generando problemas de hacinamiento, medioambientales y de salud.
Otra alternativa fue la emigración a las colonias de América y Oceanía: Estados Unidos, Argentina, Uruguay, Canadá, Brasil y Australia.
La revolución agraria.
Durante el siglo XVIII se produjeron en la agricultura de Gran Bretaña una serie de cambios institucionales y técnicos. A lo largo del siglo XVII se obligó mediante leyes aprobadas por el Parlamento a cercar campos, prados y pastos abiertos, y tierras libres y comunales. Los pequeños propietarios no disponían de capital suficiente para cercar por lo que se vieron obligados a vender sus propiedades. Inglaterra se convirtió en un país de pocos grandes terratenientes y una mayoría de labradores jornaleros que sería empleados por los primeros en explotaciones agrarias con fines comerciales.
Con el fin de mejorar la producción de las grandes explotaciones se fueron introduciendo nuevos métodos y técnicas. El vizconde de Towshend introdujo la rotación de cultivos en cuatro hojas, eliminando el barbecho. Se introdujeron máquinas que realizaban tareas agrícolas como la sembradora, la segadora, la trilladora y otras. Se seleccionaron plantas y animales. Se utilizaron fertilizantes naturales y artificiales, (nitratos, potasio, fosfatos). Estas innovaciones transformaron el panorama agrario.
Como consecuencia de los cambios se incrementó la producción y la productividad. Muchos trabajadores agrícolas se quedaron sin trabajo y tuvieron que emigrar. Los beneficios agrícolas permitieron la acumulación de grandes capitales que facilitarían el desarrollo de otras actividades económicas. La agricultura se supeditó a las necesidades de la economía industrial mundial, producción de alimentos y materias primas para la industria textil. Se fue creando un comercio internacional de productos agrícolas, tendiéndose a la especialización y el monocultivo.
La máquina de vapor.
La máquina de vapor es considerada la invención por excelencia de la revolución industrial. Antes de su aparición la energía procedía de los músculos del ser humano y los animales, y la suministrada por el agua y el viento.
Aunque existían antecedentes fue el escocés James Watt quien dio a la máquina de vapor su forma más eficiente. Aportó mejoras como el mecanismo de transmisión que convertía el movimiento alternativo del pistón de la máquina en el movimiento giratorio que era necesario para la industria textil y para el transporte. Con el tiempo siguió perfeccionándose.
La máquina de vapor se convirtió en algo habitual en la Gran Bretaña. Donde más se empleó fue en la industria minera y textil. Más tarde se aplicaría a los transportes, barcos y carruajes.
La revolución industrial.
Gran Bretaña fue la gran protagonista de la revolución industrial.
La esencia de todas las transformaciones fue el cambio de emplear fuerza humanan y animal a utilizar máquinas para realizar las tareas. Este cambio transformó el proceso de producción. Exigió que los obreros se concentraran en la fábrica, e impuso al proceso de producción un carácter colectivo en el que se incrementó la división del trabajo. El sistema de producción pasó del sistema doméstico al sistema de maquinofactura, del artesano al obrero.
Todos estos cambios favorecieron la capacidad de incrementar tanto la cantidad como la calidad de bienes y servicios. El ejemplo británico sirvió para que otros países siguieran el camino de la industrialización: la técnica británica se podía imitar, los capitales ingleses podían importarse. Durante el s. XIX Europa y América se vieron inundadas de expertos, máquinas de vapor, maquinaria y capital británico.
La consecuencia más profunda de la revolución industrial fue la división entre países avanzados y subdesarrollados. Europa occidental, -menos la península Ibérica-, Alemania, norte de Italia, partes de Europa central, Escandinavia y los Estados Unidos pertenecerían al primer grupo. El resto del mundo pasaría a depender económicamente de estos.
La industria algodonera.
La producción de tejidos era tradicionalmente realizada por los obreros en sus domicilio. Los comerciantes proporcionaban la materia prima y luego vendían el producto elaborado. Esta forma de trabajar se conocía como domestic system.
Este proceso de fabricación cambió cuando la aparición de telares obligó a los comerciantes a concentrar el utillaje en fábricas.
La algodonera fue la primera gran industria británica. El algodón fue imponiéndose a los tejidos de lana pues era más barato y más fácil de transformar. Dos fueron las principales causas que explican la expansión de la industria algodonera:
La materia prima era baratísima. Procedía de la India y de los estados sureños de EEUU.
Los inventos que revolucionaron la industria algodonera eran sencillos y baratos; compensaban sus gastos de instalación con una altísima producción.
Todo esto no puede explicarse sin las invenciones técnicas aplicadas a la industria algodonera: la lanzadera volante de Kay, las máquinas hiladoras de Hargreaves, de Arkwright y Crompton, y las máquinas tejedoras de Cartwright.
Las consecuencias económicas y sociales del desarrollo textil algodonero fueron cruciales para Gran Bretaña. Así la industria algodonera empleaba directa o indirectamente a un millón y medio de personas a mediados del XIX.
La mayor productividad, gracias a la introducción de maquinaria, favorecieron la bajada de precios de los artículos, disminuyendo beneficios. Esta reducción fue atenuada bajando los salarios. Estas medidas tuvieron graves consecuencias sociales: paro, miseria, descontento...
La industria siderúrgica.
La siguiente fase del desarrollo industrial inglés se centró en la aparición de la producción de hierro y acero. La industria siderúrgica estuvo condicionada, como la algodonera, por diferentes innovaciones tecnológicas en dos direcciones; por un lado mejorar la calidad del hierro y el acero, y, por otro, encontrar un combustible potente que permitiera fundir el mineral a altas temperaturas. Para lo primero fue clave el descubrimiento de laminado y pudelado de Hery Cort que permitió la fabricación masiva de hierro forjado. Para lo segundo, Darby consiguió a través del coque un combustible con gran poder calorífico.
El desgaste que sufrían las piezas de máquinas y rieles de hierro forjado, y lo poco resistente y elástico que resultaba en la construcción, hacían del hierro forjado un material caro y poco fiable. La solución se hallaba en el acero, - una aleación de hierro, carbono, manganeso, fósforo, azufre y silicio-, que era más elástico y resistente que el hierro forjado. El problema no era fabricarlo sino hacerlo en grandes cantidades. Esto fue lo que consiguió en 1855 Henry Bessemer con su convertidor, inyectando chorros de aire durante el proceso de fundición del hierro, consumiendo parte del carbono y obteniendo así el acero que comenzaría a utilizarse en la construcción de barcos, ferrocarriles y edificios.
La inversión de capital para levantar esta industria fue sumamente costosa. El desarrollo de la siderurgia estuvo ligado al auge de la minería del carbón y al nacimiento del ferrocarril.
La revolución de los transportes.
La influencia de los medios de transporte en el desarrollo económico fue esencial. Cualquier incremento en los primeros originaba una expansión del mercado. El movimiento de transformación industrial fue incrementándose gracias a las mejoras en los medios de transporte, tanto en carreteras y construcción de canales como en el nacimiento del ferrocarril y del barco de vapor. La verdadera transformación en el mundo de los transportes llegó con la expansión de estos últimos.
La extracción de carbón estimuló la aparición del ferrocarril. Las minas necesitaban medios de transporte que trasladaran el carbón desde las galerías a la bocamina y al punto de embarque del mineral. Aplicar la máquina de vapor a las vagonetas que transportaban el mineral y que se desplazasen sobre rieles de hierro supuso la aparición del ferrocarril.
Poco a poco se diseñaron gran variedad de locomotoras, y la que acabó imponiéndose fue la de Rocket de Stephenson.
La primera línea férrea fue la que unió Stockton y Darlington, (en España Barcelona-Mataró y Madrid-Aranjuez). Cuando se demostró la utilidad del ferrocarril en Inglaterra se proyectaron líneas en todo Occidente: EEUU, Francia, Alemania y Rusia. Las décadas de mediados del siglo XIX bien pueden denominarse como la “era del ferrocarril”.
El ferrocarril unió países separados por el alto precio de los transportes y aumentó la velocidad y el volumen de las comunicaciones terrestres, tanto para personas como para mercancías. Su expansión fue el motor de las grandes industrias pesadas. El ferrocarril absorbió parte de las rentas acumuladas por la industria algodonera y permitió la exportación rentable de capital al extranjero.
Otro avance fundamental lo protagonizó el barco de vapor. En 1807 el norteamericano Robert Fulton construyó el primero. Los primeros buques combinaron las velas y la máquina de vapor. En el segundo tercio del XIX se produjeron dos invenciones revolucionarias: las hélices y la máquina de vapor marina que evitaba las explosiones por acumulación de sal en la caldera. Otro adelanto fue el uso del casco de hierro que permitió construir grandes barcos. Al ser mayor el tamaño de éstos, y su capacidad, se abarataron los costes. (En España el vapor pionero fue el Real Fernando en el Guadalquivir).
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